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Tizas de Ira

Mi padre tuvo la salvadora idea de firmarme un permiso para comer en COMAG (Cooperativa Magisterial); de esos beneficios no se puede abusar pero esta vez la aprovación fue unánime.
Fue un alivio el ingresar a este shopping y ser abrazado con violencia por el aire acondicionado que tan familiar me había sido unos pocos meses antes (¿te acordas?). Ahí estaba yo, bienaventurado por ser hijo de maestro. La meta era comer así que busqué una señal que me llevara a destino. Traía permiso y la fotocopia de cédula de mi progenitor, había llamdo antes para confirmar, estaba decidido y ceñido al camino llano.


Sin mirar detenerme ante las ofertas y tentadores descuentos (aunque siempre lejanos), caminé como zombie hambriento hasta las escaleras... segundo piso, “this is the place”; a la derecha estaba mi tierra prometida.
Formé en la fila y de reojo vi un esponjoso pastel de jamón y queso deseable para hacer a uno feliz... hmmm... olímpicos y algo para tomar, ta!, eso iba a pedir. Y rápido me llegó el turno de confesar el deseo. Introduje mi santo permiso y después de simples preguntas y respuestas, y miradas normales de parte de aquél que tiene autoridad para dar comida, se me dijo que tenía que ir al tercer piso y ahí presentar los datos del socio para recibir un verdadero permiso. Y la señora verdugo agregó: “atienden a partir de las 13 horas”; eran las 12 horas.


Arrastrando championes y embolsados pantalones escalé hasta el tercer piso, allí me acerqué a un hombre tras mostrador, que demoró en atenderme y al ahcerlo me envió al tercer piso... así que ni idea de donde estaba. Volví a usar las escaleras y salté al lugar deseado, ya sin importar si era el tercer o cuarto piso, y me acerqué a las oficinas que parecían desérticas.


Me asomé en busca de señora tras escritorio con un cartel en la frente que dijera: “aquí ayudamos a parientes de maestros con hambre y permiso”. Y al acercarme oigo una voz masculina, miré y era un guardia u hombre con uniforme sentado. Relato mi historia y no sé por qué se rió en mi cara (después vi que se reía de todos así que no sé si tenía un problema o era muy divertido). Me señaló el lugar indicado y por eso le agradesco. A esperar una hora. Me senté en una silla de plástico duro. Pasé la hora nada sereno, con sesenta minutos rodeado de la gente más extraña, agresiva y sorda creo ví en mi vida.


Éramos cinoc porque un individuo se nos coló; dos ancianas maestras que no pararon de charlar y hacernos a todos parte de la conversación aunque sin aprticipar en ella. Y otro que me fue difícil analizar, con camisa roja sangre. Entre ellos discutían su posición en la fila con tono de voz elevado y cortante, yo pensaba que no era para tal enfado, “tanto mal hace el estar rodeado de niños molestos, estan todos estresados” me decía mi mente. Me reí solo. La verduga de este piso ladraba colérica desde su cuartel; quién era un artista en colarse fue primero y breve. Los gritos de aquella seguían y nos despeinaban, y el de camisa roja se asignó la tarea de organizarnos; fue raro el observar la lentitud de sus gestos y la sonrisa pintada, esa mueca que tienen personajes peligrosos que andan sueltos, también creo que era algo sordo pues gritaba al hablar. “¡Le toca a usted señora!”  


le gritó a la anciana que según escuché era maestra de música, “¡le toca a usted!”. Esta se paró al ser referida pero fue rechazada pronto, al igual que la otra muy distinguida señora, que al volver a la silla continuaron con su charla sin darle mayor importancia. Al de camisa roja nunca lo vi adelantarse de pie, así que no sé porque estaba presente. Eramos un grupo de desgraciados y yo solo quería comer.


La verduga nos ladraba, las ancianas docentes tan sordas la enfurecían aún más. El de camisa roja continuaba organizándonos aunque ya habíamos todos sido rechazados. ¿Pero qué le sucedió a mi intento? Unos minutos antes de que me llamara, un aseñora de lo más envejecida en proceso de encogimiento y en cuya cédula de seguro figuraba como “no caduca” bajo fecha de vencimiento, entró y se acercó al mostrador de la verduga de modo extremadamente lento, desfilando su vestidito color rosa, pero también fue rechazada a pesar de que le costó entender que “¡No!” había sido la sentencia. Me pregunté cuál era el propósito de tan inútil escritorio. La verduga tronó, el de camisa ensangrentada levantó la voz en pánico con una sonrisa escalofriante. Y yo ahí, mirando nomás tan desconcertante escena paranormal, y otra vez se repitió el pensar: “pobres maestros, estan todos estresados, que mal hace el estar soportando gurises todos los días, estan todos locos”. Si mis pensamientos hubieran sido capaces de gesticular, sin duda mis manos hubieran tomado mi cabeza y me reiría , pero me quedé quieto y mudo.


Cuando se me llamó, la viejita de vestido rosado que todavía se hallaba a medio camino también volteó y me obstaculizó el pasaje al mostrador. La verduga ahora despeinada y con visuble nerviosismo miró a la doña y sin esperanzas de ser oída, suspiró y me dijo: “vení vos rápido”. Ni bien superé a la supuestamente inocente abuelita, un chillido aterrador imitó las garras de una fiera y pareció prenderse de mi hombro, “¡Yoooo essstaaabaaaa aaannntesss!”; creo que sus ojos estaban rojos, pero me apuré y plantee lo mío, para luego volver a la silla dura e incómoda. Pero la “pacman” casi me come... y fue rechazada una vez más. Estuve mal pero en el estrés que comenzaba a trepar mi carácter celebré su fracaso.


La aguja grande como siempre rezagada alcanzó a la chica que ya apuntaba las 13 horas. Luego de falsas alarmas llegó la tan querida señorita que nos iba a atender exitosamente. De golpe y cual generación espontánea del polvo de los rincones apareció gente y se me colaron, eran como cinco madres maestras con sus insolentes hijos. La maestra de música, experimentada en esta jungla due lijera como serpiente, mostró los colmillos y ganó el primer lgar de la fila.
No estoy seguro de lo que vi, pero la señorita que atendía realizó un ritual que llamó mi atención. Pues introdujo ambas manos en la boca y no sé si sacó aparatos o dentadura postiza pero fue desagradable y a nadie pareció inquietarle.
¡Llegó mi turno, ahora sí, descansaba entre mis dedos un permiso permitido y autorizado para comerrrrrr!


Al ir a la anhelada y amplia ventanilla, pedí lo ya fijado en mente y aprovado por las glándulas salivales. Antes de mí una acaudalada mujer compró muchas cosas, la siguió una jóven con aspecto frugal que tan solo pagó por un sandwich de pan negro que pagó con un billete de Juana. Y a mí me preguntó la cajera en cuantas cuotas quería pagar mi almuerzo y... cual desgraciado... dije tres veces. Me senté solo en un rincón y la comida estuvo cual soñado horas antes.


Al rato llegó una familia constituída por padre, madre y dos hijos varones. Estos no ocultaban el hambre o las gans de un gran almuerzo (que se pagaría a la larga), ni dejaban a nadie fuera de sus conversaciones de mesa. Mientras el patriarca solicitaba la comida, la madre se acomodaba acarreando bolsos y cajas, se veían cansados y desprolijos. Los niños hiper-activos corrían de acá para allá, haciendo bochinche y metiendo los dedos en un ventilador. Se tiraron sobre un matrimonio ya sentado disfrutando en paz de su almuerzo, y por poco no respiraban los platos. “Esto pá, yo quiero esto”, y el padre les gritaba: “¡Cállense! Ya va”. Las dos víctimas de esta acometida nerviosos, el señor se sujetaba de la silla con ambas manos y le resaltaba la vena en la frente. La mujer que me dió la impresión era maestra dijo: “se come todo”. Y una señora a mi lado giraba la cabeza para calcular cuan lejos estaban los causantes y sus ojos decían: “Ni acá podemos librarnos de estos mocosos, ni acá podemos estar tranquilos”. Yo volví a pensar que los maestros estaban todos estresados y facilmente irritables.


Al sentarse la familia, respiramos todos, aunque los niños siguieron jugando con el ventilador, la madre gritó con un trozo de comida en la boca y la respuesta del padre a una tonta pregunta del hijo fue: “¡Y yo te voy a dar una piña!”.
Yo acabé de comer y satisfecho pensé en mi divague, que esto era como la novela americana “Las Viñas de Ira” de John Steinbeck. Donde habla de los viñedos y campos de naranjos en California y lo que pasa la gente allá por sobrevivir. Exactamente el párrafo en que dice que los dueños de la tierra y el sistema contratan  a la gente para trabajar, les paga, y enseguida les venden la comida para recuperar lo pagado poco antes, en este caso pensando friamente: igual, son maestros.

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