"Heme aquí, frente a la máquina; ¡Cuán peligroso eso es!
El pertenecer a una hermandad como la mormona, tiene muchas cosas a favor y por eso la integro, pero, puede llegar a ser muy riesgoso, cuando virtudes precisadas para integrarla son la paciencia y la tolerancia, porque estas dos virtudes se personifican (como decia Isidoro) y te llevan a su terreno, nada fácil de caminar, ja.
Además de las cosas cómicas de mi pueblo el “Santa” y la “comunidad mormona”, escribiré de tanto en tanto “las cosas de mi alma”, para seguir a un tal Nefi, contemporáneo de Jeremías, el conocido profeta del Antiguo Testamento.
Para el que es muy sensible a mis palabras, recomiendo leer 2 Corintios 11:1. Desde ya mil disculpas. Las cosas del Santa, ya sabrán…
Santiago Carbajal
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Un día de esos en que por alguna razón olvidada fui a la gris ciudad de Montevideo. Correteando por 18 de Julio desde temprano, pechando transeúntes estresados y rechazando sin gesto la invitación a lugares indecentes. Caminé mucho y de acá para allá perdiéndome y reencontrando el camino.
Andaba con sensible apetito o lo ocasionó el caminar contra el reloj, no sé, pero tenía hambre, que calmé gracias a un dulce alfajor de panadería que encontré aplastado al fondo de la mochila, mil veces envuelto en una transparente bolsa de nylon, apareciendo ante mí la imágen materna con su arte de cuidarme. En una de las plazas me senté a gustarlo.
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Como misionero de habla hispana en Las Vegas, tuve el privilegio de moverme sobre ruedas durante los dos años. Las áreas que abarqué fueron enormes, en un cambio llegué a cubrir seis extensas estacas. Pero yo no tenía derecho a conducir. Un día de esos en que cambiábamos de compañero y área, me asignaron trabajar con un misionero popular por su rebeldía, pero eso duró demasiado poco. Él sabía que yo no podía manejar el auto, y que si él perdía el derecho de hacerlo, nos separarían porque el área sería demasiado grande para recorrerla a pie o bicicleta. Entonces, como hábil pensante que era, a la mañana siguiente (al otro día se juntaba conmigo) chocó el auto, la misión le quitó el derecho a conducir y me reasignaron compañero. Él siempre negó que lo hubiera hecho a propósito, a mí en sí nunca me interesó mas me dio mucha gracia y agradezco tan buena historia para contar. Un día, cuando me llegó a conocer de cerca me dijo que le hubiera gustado servir conmigo, pero le habían dicho que yo era muy exigente y alguna que otra cosa más. La verdad que a mí me hubiera encantado servir con él, una persona extremadamente divertido.
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Al amor cantaba antes de conocerlo (…), ahora que toca a mis puertas,
¿habrá quien me responda?
Como en pasadas tardes se renovó en él aquel sentimiento de perdida, le
parecía inevitable. También se le sumaba el miedo a ser incapaz de olvidar y adelantarse
libre, una de las contadas pérdidas que produce carga y esclavitud, pues “es
tan corto el amor y tan largo el olvido”. Es que “ella le había sido tan
querida, hasta en el más pequeño de sus rasgos”.
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